¿Por qué el arte ha de ser tan barroco? ¿Por qué siempre tiene algo que ocultar? ¿Por qué necesariamente tiene que adscribirse a teorías oscuras o ininteligibles? Quizás sea el modo de disimular incompetencias e intereses diversos. No se ha de olvidar, como decía Chema Alonso, que el barroco concluyó en su máximo paroxismo con una revolución, la francesa. Y es que el derroche a expensas del erario público con engañifas de charlatanes tiene un límite, que se está comenzando a vislumbrar.
En este complejo país donde unos pocos se atreven a dictar el gusto porque sí, justificando cualquier barbaridad, lo más sencillo (que no simple) es una bofetada. De ahí que las propuestas francas, llanas y positivas sean rechazadas por la crítica, que necesita confusión, rebuscamiento, trampantojos y superficialidades varias. Fuera de ahí no son capaces de juzgar lo que no sigue los códigos oficiales.
Félix Curto en su última exposición se ha salido del ruedo del enredo del arte desmarcándose con la sencillez y paz de los menonitas americanos. Con el título “Heart of Gold” (corazón de oro) exhibe sus últimas piezas fotográficas en La Fábrica Galería, Madrid, integrada en el festival “PhotoEspaña2008”. Pocas imágenes pero contundentes, composiciones impecables que consiguen cautivar y expresar una magia casi mística en las miradas de las personas retratadas. Profundizando en una comunidad que vive al margen de la sociedad, «son gente buena», logra reflejar esperanza, respeto y colaboración desinteresada. Una solidaria colectividad precapitalista, la cara limpia del underground sin considerarse alternativa a nada, que pasa del mundo enfebrecido (y el mundo sigue sin ellos). Su humanidad transparente consigue situarse visualmente en un tiempo suspendido, un pasado que perdura con una simplicidad aparente y que va más allá de su apariencia de cultura en decadencia en favor de situaciones reservadas pero afectivas. Valores deficitarios en la sociedad actual pendiente de los malos rollos que ofrece la televisión y demás medios de masas. Con calma y vitalidad Félix ofrece un modelo de franqueza y buen hacer que está muy por encima de las vacuas confusiones pomposas del arte actual.
CARLOS TRIGUEROS









