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Cada vez vemos más frecuente la contaminación de los géneros audiovisuales en el arte. La baja cultura asciende de categoría. De este modo hemos podido contemplar a finales de los noventa el ascenso de la cultura techno, anteriormente del cine y el rock, y actualmente del videoclip y los subgéneros cinematográficos, como el gore y la serie B. Un claro exponente es Hugo Alonso, que expone hasta finales de marzo en el DA2 y en la galería Adora Calvo.
En su primera muestra en Salamanca, la exposición “Una realidad otra” en la Capilla de Fonseca durante 2003, presentaba escenas cotidianas de su familia con ese impecable toque fotográfico que convierte el dibujo en realidad. Interiorizando esas reproducciones de la realidad inmediata comenzó a construir sus propias realidades cargadas de monstruos orgánicos e invasiones televisivas. Un enfrentamiento entre los conceptos de "realidad" y "figuración" amalgamando secuencias narrativas de distintas imágenes, tanto en un impecable dibujo con aerógrafo (blanco y negro) como en sus vídeos de mutaciones fotográficas. En ambos medios sus conceptos de partida son los mismos, la carne y sus disfunciones a través de los medios de comunicación. Sus protagonistas, la imagen electrónica y los monstruos.
Los dibujos de Hugo aparecen como escenas historiadas que encierran tramas a veces de difícil desarrollo, como un cómic, o “story board" de una película, desplegado sobre la pared a 100 x 70 cm viñeta. Escenas que en ocasiones sobrepasan los márgenes de la imagen sobre el papel. Se halla en un juego de verosimilitud fotográfica con incursiones de lo extraño hasta lo repugnante. Pervirtiendo la naturaleza de un monstruo distante, abstracto o intocable. Pero en sus dos piezas audiovisuales va más allá, se puede observar como sus propuestas formales evolucionan de la ficción hasta su disolución nihilista. Una confluencia de situaciones paradójicas y esperpénticas con cierto regusto entre Samuel Beckett y Chris Cunningham.
El espectador medio podría identificarse con estas escenas, “es como algo que había pensado antes”. Hugo Alonso presenta situaciones que pendulan entre diabluras y juegos (de tocador y cama) con una enrarecida intención cáustica que puede llegar a parecer a algunas mentes bien pensantes de abierto matiz obsceno. El gran desarrollo que alcanza en la elaboración de las amenazas que invaden la cotidianidad testimonian el horror a la condenación mediática. La lujuria aparece exhibiendo las vergüenzas femeninas atacando desde el televisor, el objeto de deseo se transforma en peligro. El pecado adopta un formas orgánicas repelentes que se apoderan del salón, el cuarto de baño, el dormitorio desarrollando una auténtica demonología del hogar, que da más miedo que cualquier engendro mitológico. Aunque muchos de estos engendros aparecen bajo un aspecto ridículo para que los espectadores se convenzan de que es una estupidez servirles. Monstruos que parecen generados por una mentalidad católica donde se procura destacar la conciencia viva del pecado, el temor a la condenación y la necesidad del arrepentimiento.
Al igual que en los Caprichos de Goya donde los contrastes entre la exploración festiva y los sucesos dramáticos, misterios y alucinaciones, Hugo intenta sacar a la superficie las lacras de la sociedad mediática para que cada cual se forme idea de su monstruosidad. Aún así sus prácticas están más sincronizadas con las nuevas tendencias europeas que con las subjetivas corrientes españolas.
Carlos Trigueros











