

El 27 de mayo concluyó la magnÃfica exposición del pintor belga de principios del siglo pasado León Spilliaert . Una muestra dividida en dos sedes la sala Palacio Garcigrande y la sala de exposiciones de Caja Duero en Valladolid. Una joya en la programación cultural de estas ciudades que hemos descubierto en sus últimos dÃas. Al menos nos queda el catálogo, como se suele decir, pero esta publicación es digna representante del artista: por la calidad y cantidad de las obras representadas, asà como, los textos crÃticos y una biografÃa muy bien narrada y que da gusto leer (todo lo contrario del habitual currÃculum esquemático).
Criado plásticamente en el simbolismo belga, y compañero de James Ensor, las obras más impactantes de León Spilliaert son las de la primera década del siglo veinte, una década de múltiples mutaciones en la pintura. Spilliaert prueba con todas las tendencias, desde el fauvismo hasta el puntillismo, aplicando magistralmente los recursos del expresionismo combinado con temas del decadentismo y el onirismo decimonónico. Una difÃcil mezcla que lo hace, a los ojos actuales, más novedoso que los neoexpresionismos de los recientes años ochenta.
Hay algunos cuadros que son dignos de pasar a la historia del arte con mayúsculas como “Vértigoâ€, “Ráfaga de viento†sobre los que la melancolÃa surge como un efluvio. Y sobre todo sus autorretratos, el más impactante es el de su reflejo en un espejo que consigue aterrar al espectador ante su mirada dislocada. Lo más curioso es que las mejores obras de Spilliaert fueron realizadas con técnica mixta sobre papel, muy alejadas del proceso mitificado de la pintura, consiguiendo unos registros que difÃcilmente hubiese logrado con los materiales oficiales del arte con mayúsculas.
Las dunas, el dique, el faro, marinas de sombrÃas, playas solitarias o el paseante solitario junto a la costa son algunos de los motivos de sus obras. El mar siempre está de fondo, aunque no aparezca. Un mar con el que convivió y sirve de nexo en la mayor parte de su producción. Un mar del norte, frÃo, gris y desolado del que Spilliaert ha sabido extraer su plástica densa y soporÃfera, rayando en la pesadilla paranoide, a partir de un mesurado color con tenues destellos que describen un vacio espacial (y una agorafobia metafÃsica) desde el abrupto contraste.
La motivación de sus obras procedÃa de un “clic mentalâ€, un interés puntual e inmediato, por un objeto u otro que encendÃa su maquinaria creativa. De ahà el eclecticismo de su producción plástica que, aun asÃ, destilan un lirismo intemporal que, aun trabajando con tópicos de la época, consigue que continúen inocentemente frescos.
Carlos Trigueros










