Desde hace poco tiempo el nuevo cine de autor ha tendido a ralentizarse. No me refiero al cine de autor francés ni al de Sundance, que ya de por sí están ralentizados. Sino al de autores con mayúsculas, debido a que sus películas se ven por sus nombres por encima del de sus actores. Me refiero a los pocos maestros que quedan en el cine norteamericano, directores tan dispares como Lynch, Van Sant, Jarmusch (aunque siempre fue bastante lentito) y Cronenberg. Nunca podremos saber si existe un porqué común pero sí una coincidencia. Para ellos el tiempo se ha vuelto flexible, y para Cronenberg como una goma elástica. La sucesión trepidante de hechos dentro de una película, así como la multitud de planos y efectos han llevado al cine a una espiral de violencia interna imparable. El cine comercial es cada vez más trepidante, llega a conseguir la velocidad de los anuncios y noventa minutos de anuncios enlazados es un ejercicio mental que produce mareo. No quiero decir que no me guste, es como una sesión bakala. Movimiento, movimiento, movimiento. El caso es que salgo del cine sudando y desorientado. Una descarga bestial de adrenalina.
Jim Jarmusch se ha caracterizado siempre por dar su tiempo a las acciones cotidianas. En Flores Rotas (2005) la pausa es protagonista. Después de Lost in traslation (2003), Bill Murray ha cambiado. Ya no es el gracioso, sino el payaso triste, existencial. Esta existencialidad es la que evoluciona en Flores rotas. Un don Juan en los infiernos, sin ánimo, sentado, pensando y moviéndose involuntariamente por la maldición de su mito. Los momentos de pausa de Bill Murria son como una imagen fija, nos arrebata, desespera y sensibiliza. Llegamos a empatizar. Son las mismas pausas que hemos estado contemplando en el arte fotográfico desde los noventa. Cotidianías ensimismadas. Personajes en reflexión, por la atemporalidad del instante fotográfico y por la situación del mismo. Momentos que reúnen una gran carga poética cuando intentamos la inevitable identificación, ¿qué piensa esta chica sentada en unas escaleras mientras que un bote de pintura azul se derrama al lado suyo?, (que vimos en Imago 2000). O las personas en medio de una habitación parados en una acción intrascendente de Phillip Lorca DiCorcia.
Estas pausas fotográficas son difíciles de trasladar al cine, por el movimiento, pero tanto Jarmusch como Gus Van Sant en Elephant, experimentan con esa transfusión. Elephant (2003), que pasó casi desapercibida, retrata la matanza de Columbine. Algo tan cruel acaba resultando poético. El punto de vista es neutro, objetivo, fotográfico. El instituto es un instituto normal, como el de nuestras ciudades, el grado de identificación cotidiana es mayor. Los personajes son “normales”. Incluso te llegas a identificar con los asesinos desde esa objetividad. Y la pausa y repetición de momentos desde diferentes puntos de vista son los protagonistas. El porqué lo hicieron pasa a segundo plano, destacando la pregunta de ¿qué se les podía pasar por la cabeza en ese momento? Tanto a ellos como a sus víctimas. El grado de identificación es tal que llegas a sufrir con cada disparo. Algo que habíamos perdido en el cine consigue que lo recuperemos. Sensibilizarnos no sólo en cada muerte sino en cada acción de gatillo.
(Continuará)
Carlos Trigueros
Imagen: Elephant by Gus Van Sant











